Desde el puente de los sueños: Rene Gonzalez, El Caballero de Olmedo

El P Rene

Quiero cerrar el año saldando una deuda que debo hace mucho, yo diría que demasiado tiempo ya. Se trata de una declaración pública de admiración y amistad al Caballero de Olmedo del siglo XXI: Rene Gonzalez.

La mayoría de nosotros conoce la trama de la obra de Lope de Vega, puesto que la estudiamos en literatura: Don Alonso, un noble caballero de Olmedo , va a la feria de Medina junto con su sirviente, Tello. Allí, ve a una hermosa dama, doña Inés, de la que se enamora. Solo hay que cambiar el nombre de Alonso por el de Rene, y el de la dama por Sierra Leona, puesto que es de Sierra Leona de quien se enamoró Rene. Y su amor por dicho País fue tan intenso como el de la obra.

Lo bueno es que hablamos de una amistad y una admiración correspondida. En mi familia se le quiere, y a mi me quieren en la suya. Cada visita a Olmedo se convertía en una comida como de boda.

Es cierto que la desgracia y el dolor unen a las personas. Hay experiencias vividas juntos que nos han marcado para siempre y, del mismo modo, nos han unido para siempre.

Hace poquito formé parte de un retiro ACTS en El Paso, y hasta allí llegó gracias a la alcahuetería de Clau y Cecy una carta de René dándome aliento en la misión encomendada. Os la copio literalmente para que entendáis el tipo de relación que nos une y por lo que pasamos juntos. Y no lo hago para darme autobombo, porque nunca antes hablé de ello, ni se lo conté a nadie. Ha sido Rene quien recordándomela me ha sacado las lágrimas y explicado de alguna manera la amistad que nos une.

Su carta dice así:

Me gustaría escribir unas letras sobre mi hermano y amigo José Luis Garayoa. Mi nombre es Rene González y tuve la fortuna y la gracia de pasar los momentos más difíciles de mi vida junto con él. Los dos éramos misioneros en Sierra Leona cuando surgió el problema del Ébola. Allí vivimos la experiencia de la muerte, la soledad, las lágrimas y el consuelo…, la fe… Podría escribir mil cosas de él, ya que lo amo como persona y le admiro, pero solo os voy a narrar una situación que vivimos en aquellos días.

Fui a visitar una aldea con el Toyota. En la carretera había militares haciendo controles del Ébola para identificar y aislar a las personas enfermas y contagiadas. Tiradas en el suelo tenían a 3 mujeres con fiebre sospechosas de la enfermedad. El militar me pidió llevarlas al hospital más cercano. Después de 5 segundos acepté, sabiendo que me podía contagiar. En un instante de nerviosismo toqué la frente de las dos señoras para saber si tenían fiebre de verdad. El Ébola se contagia por el simple contacto y era consciente de que no debía dar la mano, ni tocar a nadie.

Cuando llegué a casa, me esperaba José Luis, Grampa como le llaman cariñosamente los lugareños, para darme un abrazo. Le pedí que no me tocase, porque podía estar contagiado al tocar a las dos mujeres con fiebre y sudor. Se me quedó mirando con ojos brillantes y me dijo: “Joderrrrrrrrr (esto lo añado yo porque seguro que lo dije), Rene, te voy a dar un abrazo y si morimos, morimos los dos”. Era una gran prueba máxima de amor y de cariño. No le importó si podía morir y contagiarse.

Todavía, cuando escribo esto, se me saltan las lágrimas. Eso que hizo significa la gran capacidad de amar que tiene su corazón. Él no tiene término medio. Vive todo con intensidad. Está lleno de vida y tiene una sabiduría de la vida y una misericordia que siempre admiraba en él.

Podría contar muchas cosas de su sensibilidad, porque en esas experiencias que compartimos en Sierra Leona irradiaba humanidad, debilidad, fortaleza, alegría, tristeza, coraje, fe y esperanza… En una palabra, está lleno de vida y una vida basada en la fe y la misericordia. Si de verdad quieres conocerle, sólo basta con mirar en los ojos de José Luis.

Es mi hermano y amigo. Yo doy gracias a Dios por habernos juntado en la vida.

Hasta aquí su carta al retiro ACTS.

El bueno de Rene fue pionero en lo que nuestro Superior General, Fr. Miguel Miró, dio por llamar la Pastoral del Tractor. Y es que pasaba horas interminables bajo un sol abrasador, preparando el terreno para la siembra del arroz.  Su lógica era aplastante: no puedes alimentar la cabeza, si no alimentas primero el estómago.

Tenía una sonrisa-carcajada, tan contagiosa que si se le unía nuestro compañero Joseph se les podía oír al otro lado del atlántico.

Se deshacía de ternura por los indefensos, especialmente los niños, pero era capaz de bajarse a pelear con un policía si intentaba abusar del uniforme. Me rio al recordar cómo lo tuve que abrazar para que no nos detuviesen a los dos y perdiésemos el avión en el que el Rafael volvía a España.

Tiene una facilidad para los idiomas asombrosa. Habla inglés y francés perfectamente. También le he oído predicar fluidamente en Kriol, y charlar desenfadadamente en Temne (uno de los dialectos de Sierra Leona). Cuando nuestros superiores nos mandaron vivir juntos durante la crisis del Ébola, en menos que canta un gallo, se metió a todo Kamabai en el bolsillo con su carisma y disponibilidad. Incluso se atrevía a hacer sus pinitos en Limba.

Yo se que sin él me hubiese derrumbado más de una vez. En esto, nuestros superiores fueron sabios. Lo vi llorar como un niño al tener que dejar a su gente porque amaba con apasionamiento lo que hacía. Y quería seguir haciéndolo. Tanto, que decidió ofrecerse voluntario para trabajar en nuestra misión de Labrea (Brasil).

Nuestro amigo común, Medo, me cuenta desde Sierra Leona que los maestros de Kamalu añoran su trabajo y el arroz. Y es que, con su bendita y nutritiva Pastoral, logró llenar las escuelas de la zona de niños y de risas.

Hoy está en Valladolid para poder disfrutar de su padre que tiene el corazón delicado.

Hasta allí mi admiración y cariño, amigo.

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