El “abuelo” navarro de Kamabai

Reportaje publicado el 29 de septiembre en el
suplemento ‘La Semana Navarra’, editado
por ‘Diario de Navarra’.
El 6 de julio, en un lugar recóndito de Sierra Leona, apareció el misionero Jose Luis Garayoa. El domingo pasado, Gonzalo Araluce y  María Jiménez contaron su historia en Diario de Navarra. Aquí va el reportaje completo. 
 “¡Grandpagrandpa!”. Los niños que viven en Kamabai, en Sierra Leona, saludan con esta fórmula a todo hombre blanco con el que se cruzan. Lo hacen siempre con una sonrisa, a pesar de ir descalzos y de lucir brazos y piernas escuchimizados, reflejo del hambre y de la miseria que azotan la región. “¡Grandpa!” [“abuelo”, en inglés], se escucha en cada calle, en cada esquina. Con este cariñoso saludo los lugareños se dirigen a José Luis Garayoa, misionero navarro de 60 años, asentado en Kamabai desde hace nueve, y que hacen extensible a los pocos visitantes de tez clara que llegan al lugar. La tierra es de un rojo intenso –“de toda la sangre vertida en la guerra”, dicen los locales–, el aire y los olores, densos, y la vegetación, salvaje, infranqueable. De pronto, una voz de inconfundible acento ribereño se alza por encima de las demás y da la bienvenida con un: “¿Qué pasa,majicos?”. Es 6 de julio y, sobre el cuello del hombre que saluda, lleva un pañuelo rojo, añoranza de tantos sanfermines que ha vivido en las calles de Pamplona. “Pero aquí también hay muchos encierros que correr y, seguramente, con toros más bravos, como el de la miseria”.
José Luis Garayoa Alonso, sacerdote de la orden de los Agustinos Recoletos, da la bienvenida equipado con unas chanclas, una pantaloneta y un polo rojo desgastado por las lluvias torrenciales y el sol que cae a plomo en la estación seca. El misionero nació en Falces –aunque se crió entre Estella Viana–, y ha dejado su huella en algunos de los lugares más olvidados del mundo. “Un pastor tiene que oler a oveja”, repite este navarro cuando se le pregunta por los motivos por los que ha trabajado en el estado mexicano de Chihuahua, en Costa Rica durante diez años o con los inmigrantes en la localidad texana de El Paso durante otros cuatro años. Y, por supuesto, en Sierra Leona.
Pese a la distancia, José Luis Garayoa festeja cada chupinazo con su pañuelo rojo. Este año, sus amigos Talabán y Medo Mansaray (en la fotografía) lo acompañaron en la celebración. Foto: Araluce
“Soy un enamorado de esta tierra”, repite una y otra vez. Esta tierra es un rincón en la costa de África Occidental, frontera con Liberia Guinea, en la que viven 5,6 millones de personas, un millón de ellas en la capital, Freetown. Los niños que han nacido en este país tienen un fuerte sentido de África, pero pocos saben explicar qué es un continente y a duras penas lo distinguen cuando se les muestra un mapamundi. Las últimas estadísticas de la ONU son demoledoras: es el décimo país más pobre del mundo.
Una guerra sin sentido
Garayoa llegó allí por primera vez en enero de 1998. El país llevaba siete años inmerso en una de las guerras civiles más crueles del siglo XX. Muchos de los habitantes de Sierra Leona describen el conflicto como “no sense” [“sin sentido”, en inglés]. El Frente Unido Revolucionario (FRU), formado por los rebeldes con el apoyo del ejército de Liberia, con Charles Taylor al frente, fue avanzando posiciones desde el sur del país, la zona más cercana a la frontera liberiana y donde se concentran las codiciadas minas de diamantes. Mientras los gobiernos de China y de varios estados europeos votaban en Naciones Unidas a favor del embargo de armas, empresas de sus propios países se saltaban la prohibición. Los rebeldes arrasaban las aldeas, reclutaban niños soldado y amenazaban con hacerse con el control de la capital. La intervención de una fuerza internacional fue incapaz de frenarlos.
La situación rebasaba todos los límites y José Luis Garayoa, entonces profesor de Geografía e Historia en un colegio de Valladolid, lo sabía. Pero una carta escrita por sus superiores le cambió la vida: “Si estás iluminado por el espíritu de Jesús, si estás decidido, escribe una misiva de puño y letra al Provincianato ofreciéndote voluntario para irte a Sierra Leona”, rezaba el contenido de aquel papel. “¿Y por qué no?”, se dijo a sí mismo el sacerdote. “Fui yo quien tomó la decisión y lo hice por una razón: acompañarte en una boda es fácil, pero hacerlo cuando estás jodido demuestra la dimensión de tu cariño. Era una forma de querer. Y, además, de dar autoridad moral a lo que les decía siempre a mis alumnos: que en cuanto tuviera la oportunidad, volvería a primera línea. Dios me puso la muleta y yo entré”.
José Luis Garayoa, en la misión de los Agustinos Recoletos en Kamabai, junto a su amigo Medo Mansaray. En primer plano, la vaca ‘Iruña’, regalo de un voluntario navarro. Foto: Araluce
A partir de ahí, los acontecimientos se sucedieron atropelladamente. Garayoa aterrizó en Guinea, ya que la entrada a Sierra Leona estaba entonces prohibida. “Tuve que atravesar la frontera por el bosque, de forma ilegal”, recuerda el misionero entre risas. Y después, recorrer buena parte del país para llegar al corazón, a Kamabai. “Había muchísimo trabajo que hacer: era una nación decapitada y no había ningún apoyo internacional. Éramos bomberos que apagábamos los pequeños incendios que veíamos. Hacíamos lo que podíamos”.
Sin embargo, fue un enemigo diminuto, invisible al ojo humano, el que lo dejó fuera de juego. A las tres semanas, Garayoa yacía tendido en una cama del hospital de Mabesseneh afectado por fiebre tifoidea. Indefenso, no fue capaz de escapar de los rebeldes que, el 14 de febrero, asaltaron el centro sanitario. Ellos vieron en este hombre blanco la moneda de cambio perfecta para exigir a las tropas de la ONU que se retiraran de la región. “Y como me veis, así, en pantaloneta, camiseta y chancletas, me llevaron con ellos a través del bosque”.
El sacerdote fue obligado a caminar a marchas forzadas, a pasar días enteros en mitad de la selva sabiendo que su futuro era más que incierto. Ocupaba su mente escribiendo un diario, en el que plasmaba sus reflexiones y vaciaba sus preocupaciones. “Lo que más me dolía cuando estaba secuestrado era el sufrimiento que sabía que sentían mis hermanas. Cuando me veía al límite de mis fuerzas, me decía a mí mismo: ‘Ya está, que me den un tiro y aquí me quedo’. Y acto seguido me decía: ‘¡No seas cabrón, José Luis! Si tu familia cree que estás vivo, tienes que estar vivo”.
Un día, un grupo de rebeldes dispuesto a lanzar un órdago a la comunidad internacional lo puso en un paredón de palmeras y matorrales. “En ese momento sólo pensé en que no tenía más tiempo. Si tenía que decirle a alguien ‘te quiero’, ya no podía”. Entonces apareció otro rebelde al grito de “Stop, stop, stop!”, y comenzó a discutir con los verdugos y los convenció para no ejecutar a su víctima: si mataban a Garayoa, la respuesta internacional recaería directamente sobre ellos.
El 27 de febrero, tras dos semanas de secuestro, el sacerdote fue liberado. Los periodistas Miguel Gil Moreno, español, y Kurt Schork, estadounidense, fueron los primeros en cruzarse con él. “Joder, ¡el misionero!”, exclamó Gil, quien puso a su disposición un teléfono satélite para que contactara con su familia y les diera la noticia de su liberación. “Me contestó mi cuñado, se me cortó la voz, a ellos también…”, recuerda el misionero, emocionado. Los dos reporteros perdieron la vida el 24 de mayo de 2000 tras una emboscada de los rebeldes muy cerca de Rogbery Junction, en Sierra Leona.
Regreso a Sierra Leona
Para Garayoa no resultó fácil volver a España. Su cabeza estaba en África y los psicólogos le presionaban para que se tomara un año sabático. “¿Y qué voy a hacer yo un año parado?”. Desestimando el consejo, el sacerdote se marchó 7 años a la ciudad estadounidense de El Paso y después, en 2005, volvió a coger un vuelo rumbo a Sierra Leona. La paz había llegado tres años antes y había dejado tras de sí un escenario desolador, con un balance de entre 50.000 y 75.000 muertos, dos millones de desplazados –un tercio de la población total– y una sociedad rota con un ingente reto por delante: convivir.
Durante los ocho años que ha permanecido allí, Garayoa ha logrado poner en marcha diversos proyectos agrícolas y ganaderos gracias a los que subsisten una veintena de familias. Además, se encarga de gestionar los recursos que llegan de diferentes partes del mundo, sobre todo de España. Especialmente generosos han sido los donativos que el Ayuntamiento y los vecinos de Viana han enviado en los últimos años. En 2008, Gregorio Galilea, alcalde de esta localidad navarra, viajó hasta Kamabai para inaugurar dos proyectos solidarios. El misionero muestra con orgullo el maíz que crece en su huerta y las vacas que pastan en su establo, una de ellas bautizada con el nombre de Iruña. Sin embargo, la aventura africana de Garayoa podría terminar en cuestión de meses. “Yo soy como un jugador cedido, como uno que el Madrid cede a Osasuna, y el año que viene se cumple mi contrato”.Garayoa dejará un legado marcado por la esperanza, el trabajo y la alegría, pese a los continuos reveses con los que golpea una de las regiones más pobres del mundo. Orgulloso y sonriente, el grandpa de Kamabai parece casi decir adiós a la gente con la que se ha volcado en cuerpo y alma. “Yo no he cambiado las estadísticas, pero te puedo enseñar las sonrisas de los niños”.
El misionero José Luis Garayoa reside en Kamabai, una región en el centro de Sierra Leona. Veinte familias sobreviven gracias a los proyectos agrícolas y ganaderos que desarrolla en su misión. Foto: cedida
Reportaje publicado en ‘Diario de Navarra’, escrito por María Jiménez, autora del blog África en portada, y por Gonzalo Araluce, del blog Meridiano Cero.
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