Natan Redondo

Con AlhajiNatán Redondo, nació en San Sebastián (Guipúzcoa, España) pero reside desde hace mucho tiempo en Valladolid. Aficionado al esquí, a la montaña y al mar, pese a ser del norte, el lugar de su paz y de su corazón están en el sur. Su color favorito, el azul, aunque su cara se pinte color esperanza para los pobres.

Profesionalmente, Natán es enfermero del Servicio de Urgencias del Hospital Clínico Universitario de Valladolid. Anteriormente se ha dedicado de un modo especial a los discapacitados intelectuales y a la atención domiciliaria de enfermos. Lejos de contentarse con lo que tiene, a sus 39 años (San Sebastián, 5 de enero de 1974), es  psicoterapeuta Gestalt y coterapeuta en el curso de formación de nuevos terapeutas en Málaga. Acaba de realizar el Máster en Emergencias y Catástrofes por la Universidad de León, y estudia  4º de Grado  de Psicología en la UNED. Muestra continuo interés por aprender cada día más en todo aquello que le pueda servir para cuidar de las personas.

Esa es su auténtica vocación: cuidar y curar a las personas. Dice que un buen profesional de la salud debe de curar con una mano y cuidar con la otra.Curando

Como persona, me siento especialmente realizado al cuidar a los otros y ver que mi tarea hace la vida más fácil y más feliz a la gente, especialmente cuando les falta la salud. No he venido a Sierra Leona a vivir una aventura, para eso prefiero hacer una ruta por la montaña. Creo que algo así no debe ser nunca la motivación final para venir a un lugar como éste.

El trabajo con discapacitados intelectuales o en el Servicio de Urgencias de un hospital no parece a priori algo “sencillo y fácil”. El contacto humano y diario con la tragedia, el accidente o el conflicto personal tras haber perdido repentina o gravemente la salud debe dejar en Natán una huella profunda. Se nota en su conocimiento del ser humano y su comprensión a la hora de tratar a las personas. Pero esas no parecían metas suficientes para él, y trasladó su servicio hasta una recóndita zona de la región más pobre de uno de los países más pobres del mundo. Su conexión con esta nueva realidad, los misioneros:

Creo que tienen una labor importante y necesaria; he podido ver escuelas, pozos, un consultorio, una casa para los voluntarios… Son cosas reales, tangibles, que se ven y tocan todos los días. En la región de Biriwa, en muchísimos kilómetros a la redonda se ve que está la mano de la Misión, que ha traído progreso y desarrollo. Frente a tantas ONGs y organizaciones internacionales que trabajan en el país, donde he sentido que realmente hay eficacia es aquí. En comparación con otras organizaciones que llevan mucho más tiempo, se ve la diferencia.

Para describirlo, me viene una imagen a la cabeza: una hormiga (unos pocos misioneros) enfrentados a un enorme elefante (la miseria, pobreza, la falta de infraestructuras y, quizá lo peor, la falta de educación y cultura). Y la verdad es que casi vencen a ese elefante. Vaya por donde vaya he visto la huella de su trabajo.

Los misioneros, además, deben acostumbrarse a que a su alrededor haya continuos imprevistos, urgencias, situaciones no controladas ni programadas. Por eso no es de extrañar que al final hayan creado casi un método de trabajo y vida que les permite “caer de pie” ante cualquier contingencia.

Pero por las noches, en la Misión, llega ese momento de tranquilidad, de calma, de compartir las cosas, de ver una película, hablar de la jornada y beberse una o dos cervezas…

 Natán, en su trabajo diario en España, ve cada día cómo se valora la vida. Además de su trabajo en Urgencias con frecuencia atiende a las personas que están más delicadas en las Unidades de Trasplantes, a los que buscan poder traer nuevas vidas al mundo. Pero ese valor de la vida en Sierra Leona le ha supuesto, en sus cuatro viajes, muchas preguntas e incluso momentos difíciles:

Las cuatro veces que he venido, lo que más me ha llamado la atención es lo poco que vale la vida y lo poco que se valora la fragilidad de los más débiles (un niño, una persona mayor). En comparación con las necesidades de los otros, la necesidad particular la tienen siempre por encima, incluso en una relación como la de madre – hijo.

En diversas ocasiones me ha ocurrido lo mismo: llega una madre para ser atendida y trae entre sus manos a un pequeño. Al fijarme en el niño o niña descubro que tienen un problema de salud mucho más grave que la madre; y, sin embargo, si la madre había cogido un número para ser atendida y estaba allí era por ella misma, y no dice nada de lo que le pasa al hijo.

Son momentos incluso de rabia. Una madre me vino porque decía que tenía dolor de espalda. Y de repente veo que su bebé tiene una mano completamente quemada porque la ha metido en el fuego hace varios días. Algo parecido ocurrió con otra madre que también se quejaba de dolores de espalda, tan habituales por el peso que llevan en la cabeza y el trabajo agrícola completamente a mano con azadas muy cortas. Preguntando por su bebé, me dice que lleva vomitando varios días y casi una semana sin comer…

En esos momentos me parece algo casi irreal, salido del guion loco de una película, pero lo peor es que es una realidad que está ocurriendo delante de mí. Llevan el egoísmo introducido hasta lo más profundo de sus hábitos. ¿Ignorancia? ¿Ley de la selva en la que sólo puede sobrevivir el más fuerte? Sin embargo, creo que sobrepasa el ámbito de la supervivencia, puesto que aunque no estén con una enfermedad grave, sí quieren ser atendidos a toda costa por delante de quienes ven que sí sufren una enfermedad más delicada. No llegaré a entenderlo nunca.

Aunque sirva más bien como para quitar peso a ese tipo de experiencias más intensas, debo decir que una de las cosas que más me llama la atención en África son los olores; el olor a humedad de la ropa; el olor propio de la falta de aseo; el olor permanente a humo en las baffas (cabañas) y en las personas; el olor de las comidas e ingredientes; casi se puede describir este mundo a partir de sus olores, que, por cierto, se impregnan en todo y son muy difíciles de eliminar. En ciertas ocasiones tuve eso que llamaba un “momento olor”, lo comentábamos y nos reíamos, y que conste que no soy el único al que le chocaban por esos olores.

Curando 1África es tierra agridulce. Uno puede encontrarse con lo mejor y lo peor del ser humano en un mismo instante y lugar. Natán también lo ha vivido así en este mes de septiembre:

Tengo un sentimiento ambivalente: por una parte me siento muy satisfecho por lo conseguido, creo que puedo poner cara y nombre de personas a las que he podido ayudar en un momento en que realmente lo necesitaban. Hasta podría decir que sin esa ayuda el curso de sus vidas hubiera sido muy diferente y hasta hubieran podido terminar en situaciones insalvables.

Por otro lado, la insatisfacción viene en ver que la responsabilidad de esa falta de salud y medios no se puede dejar sólo en la mano de quien viene de fuera a ayudar durante un tiempo, sino que los mismos sierraleoneses deben ser los primeros responsables y protagonistas de su salud, mi trabajo más concreto, y también en su educación y progreso.

Ver esa falta de protagonismo, responsabilidad y decisión en ellos me produce aún hoy una sensación de impotencia y, a veces, hasta de hastío. De todas las maneras, me quedo con lo que he podido hacer y no con lo que no he podido cambiar o no dependía de mí.

El voluntario no sólo se enfrenta a la realidad concreta que le impone su trabajo profesional. Además debe convivir durante un tiempo con personas desconocidas previamente, en un ambiente ajeno al propio, fuera de los lugares y corazones donde se siente seguro. La experiencia de voluntariado implica toda una serie de relaciones humanas nuevas y que también marcan huella:

Algo difícil de asumir cuando llegas es la relación de dependencia que las personas tienen con quienes venimos a ayudarles; excepto en contadas ocasiones, se trata de una relación personal casi unidireccional, e incluso de superioridad-inferioridad, pero que son ellos quienes imponen. Ellos mismos te ven como un ser que tiene todo, puede todo y al que buscan exigir mucho. Es muy difícil llegar a tener una relación más de igualdad y amistad porque ellos mismos lo impiden con ciertas actitudes.

Un contrapunto ha estado en mi relación con dos familias, una de Kassassie y otra de Kamaliew, con las que colaboro en la formación de sus pequeños, Musu y Alhaji. Les he visitado en su propia aldea en diversas ocasiones y he sido recibido con alegría y cantos. Me han abierto las puertas de sus casas. Fue algo muy emocionante para mí. Más cuando, en el caso de Alhaji, me dijeron que, fuera de los misioneros, nunca un blanco había ido hasta su aldea simplemente a visitarlos.

Kamaliew es una aldea pequeñita, de nueve baffas (cabañas), y debajo del cotton tree, el enorme árbol que tienen justo en el centro de las baffas dispuestas en círculo, ancianos, adultos y pequeños cantaron en limba una serie de cantos de bendición para mí. Algo que queda marcado por su significado.

Alhaji había sufrido un accidente en el pie el año pasado. Después de mucho tiempo de tratamiento, logramos eliminar la infección, salvar el pie y, posiblemente, de haber seguido la infección, la vida del pequeño. Este año vino a verme corriendo como todos los niños del mundo, con un gallo de regalo; aunque el regalo mayor fue ver esa vida que ahora crece sana y, esperemos, pueda un día tener sus estudios y su futuro.

Además de esas personas (más de 1.200 en este mes de Septiembre) que Natán ha podido atender, durante el voluntariado se conocen otras personas más cercanas y con las que se tiene una relación más intensa no meramente profesional: los colaboradores locales habituales de la misión, los otros voluntarios con los que se coincide, los propios religiosos…

Para mí, la vida aquí es dura y sé que vengo por un tiempo determinado (un mes); aun así siento al final el cansancio y la necesidad de poner un poco de distancia con todo esto, por esas actitudes de las personas principalmente. Por eso, valoro muchísimo la capacidad que tienen de continuar adelante por tanto tiempo.

Me entristece ver que los religiosos necesitan estar siempre encima incluso de sus colaboradores más cercanos, en una especie de supervisión constante, para decirles lo que tienen que hacer. Sus trabajadores no tienen iniciativa; eso veo que produce cansancio en los propios religiosos.

Sin embargo, veo que también varios de esos colaboradores directos de los religiosos comienzan a salir de ese paternalismo y de esa pasividad, comienzan a ver en los propios religiosos un modo de hacer diferente que pueden imitar. Algunos construyen sus casas, otros están en equipos de trabajo que buscan aprender más; quizá sea una luz aún pequeña, pero luz al fin y al cabo, en medio de esta oscuridad.

Las condiciones de trabajo dependen mucho de las condiciones generales de vida. Un buen descanso, la alimentación, la convivencia fuera del tiempo de atender a las personas, la capacidad de diálogo, la sensación de ser bien recibido, todo ello cuenta, y mucho, a la hora de valorar un voluntariado e incluso a la hora de medir la eficacia del trabajo profesional realizado. Natán agradece que ha tenido ese ambiente propicio que le ha permitido trabajar más y mejor.

En Kamabai, la casa que hay para los voluntarios es un auténtico lujo, un espacio que permite el descanso, el trabajo y la organización de las personas que venimos con todo lo necesario. Considerando el lugar donde estoy, el país al que he venido y la situación de pobreza y miseria que nos rodea, puedo decir que hay unas condiciones muy positivas de salubridad, comodidad, energía eléctrica, agua, vehículos…

Creo que he contado con todo lo necesario para que mi estancia aquí pudiese estar dedicada íntegramente a mi trabajo y no a otras cosas. He podido descansar, asearme, comer y dormir en un lugar cómodo y acogedor. ¡Hasta tenemos Internet! He podido comunicarme con los míos y por las noches tener un espacio de diálogo, diversión y alegría de todos.

He de decir, además, que sé que algo tan simple como los ventiladores de las habitaciones, que en este clima son necesarios para un buen descanso, los religiosos los pusieron antes en la casa de voluntarios que en la suya propia. Eso me hace ver que se han preocupado más por nuestro bienestar durante nuestro tiempo de trabajo que por el de ellos mismos.

El voluntariado de Natán ha durado un mes. Ahora vuelve a su quehacer profesional, a ver a los suyos, a continuar la vida en España. En cada voluntario esa vuelta a lo habitual produce diferentes sentimientos y sensaciones; pero la vida sigue, los compromisos personales y profesionales no se pueden parar y ya es mucho lo que se ha dado viniendo aquí durante un mes. Pero, ¿qué le pasa por la cabeza a quien deja un mundo tan hostil?

 Al terminar aquí este mes, siento lo mismo que el año pasado: quiero seguir implicado, y lo voy a estar; pero veo que necesito tiempo para pensar en si volveré o no. En el caso de trabajar en salud, el contacto con las personas se hace especialmente desgastante, sobre todo por las actitudes a las que antes me refería. Eso implica una mayor fortaleza de ánimo y prepararse especialmente para venir y hacer las cosas con la cabeza fría.

Al mismo tiempo, sé que no puedo ser (ni lo he sido desde la primera vez que vine) indiferente a esta realidad, una vez que la he palpado y conocido. De hecho, la “dedicación indefinida” a la solidaridad puede darse viniendo aquí, pero creo que sobre todo se hace “desde allí”, en el día a día, facilitando lo posible la tarea a quienes están en vanguardia.

La vida es complicada, y no siempre se puede disponer de tiempo y medios para trasladarse hasta aquí, menos si pensamos en hacerlo de un modo continuado. Lo apreciable es que cada uno, en cada momento y lugar de su vida, sepa qué puede aportar. Y toda aportación es igual de válida, importante y respetable.

La parte más difícil es quedarse con una idea, una frase que resuma lo vivido. Las experiencias son muchas, los sabores que dejan en la boca son variados, la intensidad de las emociones hace que se mezclen y hagan difícil un resumen.

De todo lo vivido, me quedo con lo que he podido hacer, y no con lo que no he podido hacer. No haber conseguido hacer ciertas cosas no sirve de excusa para no hacer nada y quedarse quieto. Sé que no puedo cambiar el mundo, pero por ello no voy a dejar de aportar mi pequeño granito de arena, en el que puedo poner varias caras y nombres.

Sin embargo, sí hubo una de esas historias que marcó el corazón. Y no fue precisamente de las positivas. Una historia que es sólo un reflejo de una realidad, de esa lucha de hormigas contra elefantes, que también incluye el campo de la salud. Natán nos la cuenta:

El 17 de agosto apareció en el consultorio de Kamabai una joven madre con un pequeño. Venían de Kamasikie, a unos 15 kilómetros al norte de Kamabai. El pequeño, Ury, había metido los pies en el fuego de la baffa en uno de sus primeros intentos de aprender a erguirse y caminar. Eso fue el 3 de agosto. La madre lo llevó al dispensario público de la zona y le hicieron una primera cura, aunque los medios con que cuenta son mínimos.

Casi dos semanas después del accidente, Ury llegó al consultorio de Kamabai. Los pies quemados, fiebre de 40,5 grados, completamente deshidratado y sin haber comido prácticamente en las últimas dos semanas. La cura fue muy dolorosa para el pequeño. Pero había que hacerlo. Le puse el tratamiento para quemados, conseguí que le bajase la fiebre, limpié la herida para que la infección comenzase a remitir. La piel salía como un guante. Tuve que poner la medicación con inyecciones porque continuaba sin admitir comida.

Volvió al día siguiente. Empecé a pensar que quizá habíamos llegado demasiado tarde. Preparé una vía para intentar hidratarlo y ponerle más medicación contra la infección. Fue imposible encontrar una vena en los brazos y finalmente tuve que poner la vía en la misma yugular. Al día siguiente dejé claro a la madre que tenía que volver.

 Esa noche me desperté pensando en Ury. Como si algo hubiese pasado con él. Esperamos por la mañana en vano, Ury no llegó. Por la tarde, José Luis, Rodri y yo nos lanzamos a buscarle. Kamasikie es grande, una población sólo musulmana dentro del Biriwa. Nos dieron como referencia el consultorio, y la enfermera se acordaba de dónde vivía la familia.

Al llegar, la madre y el padre de Ury bajaron hasta donde habíamos aparcado el coche. Nos dieron la noticia: el niño había fallecido a las seis de la mañana. Por la noche, al acostarlo, parecía que iba mejorando. Pero no logró sobrevivir a la sepsis, la deshidratación, la falta de alimentación durante tantos días, las heridas terriblemente infectadas. La madre aún dio muestras de dolor, pero el padre nos dijo que su hijo había muerto con la misma expresión de quien dice que está lloviendo.

Ury está muerto por esa mentalidad de la que he hablado a lo largo de este escrito. El descanso, la falta de responsabilidad, la falta de conocimiento y de imaginación, el trato a los más pequeños como si fueran un objeto más. Y siempre queda la conciencia de que eso no tenía que haber pasado así: ni Ury debería haber podido meter los pies en el fuego si alguien le hubiese cuidado, ni Ury hubiera perdido la vida si hubiera sido llevado con celeridad para ser tratado, ni Ury hubiera merecido una vida tan corta y tan llena de sufrimiento.

Sólo puedo dar unas GRACIAS así de grandes, con mayúsculas, a toda la Misión; por aceptar mi aportación y tratarme como un miembro más de la familia; por haberme permitido trabajar a gusto y dedicarme a cuidar a las personas, sabiendo que todo lo demás estaba solucionado. Me he sentido en casa. Y muchas GRACIAS a los misioneros por el trabajo que hacen aquí a lo largo de todo el año y de tantos años; al fin y al cabo, yo estoy aquí sólo un mes; aún más, si puedo estar ese mes es porque otras personas pasan mucho más tiempo y preparan todo lo necesario para que yo pueda venir. De verdad y de corazón, GRACIAS.

Puedes ver algunas fotografías de su trabajo en la página Imágenes de la vida diaria.

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