El quinto huevo

IMG_4018En Sierra Leona vivimos constantemente en un tobogán de emociones donde el dolor y la alegría se turnan a una velocidad de vértigo. Siempre tienes miedo, miedo a que toda tu lucha sea en vano. Miedo a tener que sepultar a quien has mirado con ternura a los ojos. Para que me entendáis, comparto con vosotros dos notas que escribí hace tiempo. Pensé en ello toda la noche después de ver a Samah con uniforme, y se me quedó el alma un poquito encogida por el terror de perderle.

cas“Érase una vez una gallina que tuvo cinco polluelos. El último en romper el cascarón, el pollito del quinto huevo, salió débil y enfermizo y no podía seguir las alegres carreras de sus hermanos detrás de mamá gallina. Y allí se quedó, triste y abandonado, esperando una muerte cierta…”

Esto que parece el principio de un cuento, es una historia verdadera. En esta tarde tranquila de domingo, observaba yo cómo una de nuestras gallinas picoteaba buscando alimento junto a sus cuatro polluelos, sin volver siquiera la cabeza hacia el quinto, el más pequeñito. Pregunté por qué abandonaba al más pequeño. Me respondieron que siempre se muere el pollo del último huevo, el que nace más débil. Y me propuse tratar de cambiar el final de la historia.

Intenté alimentarlo y darle calor, pero era inútil, no quería o no podía comer. Le di leche en polvo con azúcar y me lo llevé a la habitación. Durmió acurrucado en mi mano, porque en cuanto intentaba ponerlo en la caja piaba angustiosamente. Hoy, tres días después, mientras paso a limpio estas notas, está tumbado en mi mesa al calor del ordenador.

Lo he bautizado, sin el rito del sacramento, con el nombre de “Cas”, en honor de mi amigo el coreano. Y me sigue a todas partes, como sus hermanos a mamá gallina, ante el regocijo y las cuchufletas de mis compañeros.

Quintohuevo4Esto, que podría ser una enternecedora historia infantil, deja de serlo y duele  profundamente cuando de niños y no de pollos se trata. Y estoy seguro que ni vosotros ni yo tenemos corazón para ver morir a un niño a nuestro lado sin intentar salvarlo. Desgraciadamente, solo os llegan las frías estadísticas que poco o nada conmueven, simplemente porque los números no tienen dos ojos que te miran. Pero lo cierto es que aquí, en Africa, mueren diariamente al menos 30.000 niños (de ellos 5.000 de malaria, según The London School of Higiene and Tropical Medicine). Mueren los más débiles, los niños del “quinto huevo”. Niños que podrían vivir si pusiésemos en ellos un poquito más de calor, un poquito más de leche, aunque sea en polvo, y un poquito más de corazón y de ternura…

Nada es igual cuando la sarna, la deshidratación, la diarrea, la roña, la malaria…, mata un niño entre tus brazos, y no alcanzó el calor de tus manos para salvarlo. Y cada día debemos luchar a brazo partido y sin desmayo para que los niños de nuestras aldeas, niños con ojos que te miran, dejen de engrosar tan macabras estadísticas.

img_0300“Cas” sigue acurrucado a la izquierda de mi ordenador, mientras sueño en lo hermoso que sería poder cambiar entre todos el final de las mil y una historias de estos desnutridos y abandonados niños africanos del “quinto huevo”.

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