La vida

27 de Julio de 2012 a la(s) 22:42

Posiblemente el ver acercarse mi cumpleaños, el 7º que voy a celebrar en Sierra Leona me haya puesto nostálgico. O es que los buenos deseos de tantos amigos me han desatado la ternura. No se…, pero quería compartir con vosotros, como en los viejos tiempos del blog, cuatro cosas que la vida me ha enseñado y que llevo marcadas en mi alma a fuego, como con hierro de ganadería…, y que me empujan cuando quiero derrumbarme.

Una es que hay que endurecerse, pero sin perder nunca la ternura. Y es que en estos lugares donde la miseria es tan extrema, y donde tantas veces te sientes impotente ante tanto problema, el peligro es decir no puedo y mirar para otro lado. Y convencerte a ti mismo de que no puedes hacer nada, porque no puedes hacerlo todo. Y dejar de llorar al ver a un niño desnutrido… Perder la ternura es como perder la vida, perder el sentido de por qué y para qué vine aquí. Hoy vi a Samah y me emocioné. Y estoy contento porque mis ojos brillaron con la emoción del primer día, con la emoción que sentí cuando me la pusieron en los brazos diciéndome que dependía de mi si vivía o moría. Y entendí que con la locura de llevármela conmigo, casi sin darme cuenta… mi ternura se hacía infinita.

Que los grandes revolucionarios, los verdaderos, no los de opereta, son guiados por grandes sentimientos de amor. Amor por la Humanidad, amor por la Justicia, amor por la Verdad. Y que mi revolucionario favorito, Jesús de Nazareth, se hincó de rodillas para lavar los pies de los que correrían abandonándolo. Jesús, el revolucionario que partió la Historia en dos: a.c y d.c. Y que me enseñó que desde que se asomó a nuestra orilla, amar significa ser capaz de crucificarse por otro. ¿A quien no le gustaría encontrarse con alguien capaz de morir por uno? Gracias al mejor revolucionario de la Historia, al que pasó haciendo el bien…, a Jesús de Nazareth, se que no merece la pena vivir más que por lo que uno es capaz de morir. Por eso se que puedo mentir a todo el mundo, pero que en mi corazón yo se perfectamente lo qué o a quien amo cuando estoy seguro de que soy capaz de dar la vida por ello.

Los que se juegan la vida por los demás tienen una luz especial en los ojos, y si les miras de cerca puedes ver su alma en ellos. Y puedes ver, sobre todo, paz.

La vida me ha enseñado a no ser realista, si eso significa aceptar pasivamente la realidad sin intentar cambiarla a mejor. Me gusta algo que leí hace tiempo: Seamos realistas y hagamos lo imposible. Somos lo que nos atrevemos a soñar. Cuando vuelvo la vista atrás, sonrio pensando cuánto sacrificio ha costado, pero qué lindo se siente al ver crecer los sueños que tantos me dijeron eran imposibles.

He aprendido que la valentía disminuye cuando no la usamos. El compromiso languidece si no lo practicamos. Y que la pasión se disipa cuando no la expresamos.

Decía Saint-Exupery que el mundo entero se para cuando ve pasar a un hombre que sabe a dónde va. Saber lo que quiero es básico para poder lograrlo. Cuando pongo el corazón en cada paso que doy hacia mi objetivo, es cuando soy capaz de transformar la realidad.

Nuestra capacidad de sacrificio es infinita. Siempre que paso cerca del lugar donde me llevaron los rebeldes para comenzar a caminar en chancletas y pantaloneta por la selva, me digo a mi mismo que sería incapaz de repetir la experiencia. Pero es mentira. Se que lo haría, porque la fuerza interior viene de las creencias. Porque uno solo se juega la vida por aquello que cree que merece la pena. Y la creencia sigue siendo en mi la misma, a pesar de frustraciones y desengaños.

Y os dejo con algo de Mario Benedetti que releo con frecuencia.

 

No te rindas, por favor no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se esconda, y se calle el viento, aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños. Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo, porque cada día es un comienzo nuevo, porque esta es la hora y el mejor momento….

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